TIEMPO Y POLÍTICA EN LA DISPUTA PRESIDENCIAL

Pablo Romá

Aquellos que trabajamos con encuestas de opinión pública sobre tendencias electorales, muchas veces corremos el riesgo de cosificar los resultados de las encuestas y universalizar la competencia electoral como la forma única de comprensión política. Sin embargo, detrás de la competencia electoral existe un proceso desigual que rompe con esta “cristalización” de las opiniones. Me refiero a la temporalidad de las distintas fuerzas políticas en su constitución y desarrollo en una dimensión nacional.

No me propongo realizar una síntesis cronológica de las fuerzas políticas, sino pensar las características, las formas y el contenido que dichas fuerzas asumen y que nos permiten comprender la temporalidad como un horizonte de interpretación del desarrollo de esas fuerzas políticas que pugnan por lograr un carácter nacional.

Hay una máxima muy fuerte en el discurso político actual: “la gente vota candidatos”. Esta máxima, como todo axioma de la política, se basa sobre aspectos de la realidad pero se desentiende de problematizar otros. El axioma se asienta en la crisis de representación de los partidos políticos cuyo momento de mayor visibilidad fue la crisis de diciembre de 2001, pero se desentiende del siguiente problema: un candidatos sin “fuerza” no es un candidato y constituir esa fuerza es el punto central en este momento de la puja electoral.

Comencemos por Sergio Massa y el Frente Renovador, cuyo centro de apoyo para construir y desarrollar su fuerza nacional es la provincia de Buenos Aires. Massa, luego de ganar las elecciones a Diputado Nacional, comenzó a desarrollar una vieja estrategia de construcción política basada en sumar dirigentes de distinto tenor que, aunque compitan entre sí territorialmente, lo potencien como presidenciable. El caso más paradigmático fue la entrada del Intendente de Merlo Raúl Othacehé al Frente Renovador, que auspiciado por el pragmatismo político le significaría a Massa sumar un supuesto caudal de votos y control territorial. Pero al mismo tiempo, significó desteñir la “renovación” condicionando y rebajando el propio armado que se constituyó como oposición al Intendente. En esta lógica fue el coqueteo con Martín Insaurralde y la entrada de Francisco De Narváez, factores que demuestran que algunas sumas en política restan.

Hoy la crisis del Frente Renovador con la salida de algunos dirigentes fundadores del espacio y de otros y, por consiguiente la caída de Massa en términos de intención de votos, complica la constitución de una fuerza política de carácter nacional. La idea de Massa de armar una liga de intendentes de todo el país, frente a la liga de los gobernadores que pretendía armar Scioli, no ha resultado como se esperaba. Esa estrategia no contempló la alianza de Mauricio Macri con la UCR, que fue anticipando acuerdos regionales que le posibilitaron posicionarse como un candidato nacional.

En términos de los resultados electorales hasta el momento, la imagen de Massa sólo ha rozado la victoria en las últimas elecciones a intendente en la Ciudad de Salta, pero frente al amplio triunfo de Urtubey, ese triunfo queda descolorido.

Todavía no queda claro si el acuerdo con Morales se mantendrá como tal, pero la decisión de la Convención Radical establece al menos un límite a dicho acuerdo. Tampoco parece muy sólido los acuerdos en Neuquén y en otras provincias. La dura derrota en las Primarias de Ciudad de Buenos Aires, hablan de un retroceso. Más allá de todo esto, el Frente Renovador congrega una porción del electorado identificado con un peronismo no kirchnerista, permitiéndole a Massa mantenerse a nivel de flotación.

Mauricio Macri y el PRO vienen consolidando un espacio nacional a partir de los triunfo electorales en Ciudad de Buenos Aires y Santa Fé. Pero sobre todo, a partir de dos triunfos políticos, el primero signado por la capacidad de Macri de imponer a Horacio Rodríguez Larreta sobre Gabriela Michetti y el segundo haber logrado que la Convención Radical vote el acuerdo con el PRO sin cuestionar su figura como referente principal del espacio.

Sin embargo, la particularidad en desarrollo de esa fuerza de carácter nacional se encuentra en el principal bastión del macrismo, la Ciudad de Buenos Aires. Macri, tiene que enfrentar un desafío muy importante para su consolidación como presidenciable.

Los números actuales indicarían que Martín Lousteau podría forzar una Segunda Vuelta con Horacio Rodríguez Larreta y dejar al PRO, pero fundamentalmente a Macri, a merced de un voto que no es propio. Porque recordemos que Rodríguez Larreta y Lousteau o el PRO y la UCR (quienes llevan a delante campaña de Lousteau) conforman un mismo espacio nacional. La paradoja radica en que Lousteau puede imponer una cierta paridad de fuerzas en la Ciudad de Buenos Aires, cuando esa proporción no expresa la correlación de fuerzas que tiene Macri sobre Sanz y Carrio. En un país “normal”, Lousteau le aportaría los votos al macrismo para lograr la mayoría absoluta en la elección a Jefe de Gobierno y consolidar a Macri como candidato a Presidente. Aquí se expresa la tensión en la temporalidad que presenta la constitución de una fuerza de carácter nacional como la del PRO y la UCR.

Otra fuerza que esta enmarcada en esta temporalidad es el Frente de Izquierda. Con elecciones históricas en Mendoza y Salta, con la obtención de diputados nacionales, provinciales y concejales en distintos distritos, el FIT tiene por delante nuevos desafíos. El más importante, lograr trasladar el peso electoral como cuarta fuerza nacional hacia una mayor inserción social y política del Frente. El segundo, la posibilidad concreta de elegir sus candidatos a través de las PASO. Si bien, la utilización de las PASO ha potenciado a espacios como UNEN en 2013, o en las últimas elecciones al PRO en Ciudad de Buenos Aires haciendo de su interna la más atractiva, en casos contrarios no ha podido potenciar espacios, como por ejemplo al FPV-PJ en dicho distrito. Queda abierta qué estrategia seguir, si competir o acordar, para concretar los avances de esta fuerza.

En el caso del kirchnerismo la contradicción en la constitución de su fuerza es evidente. Los que entienden la política en términos de las leyes del mercado, sabrán que cuando no hay reglas claras prima el interés individual por sobre el interés colectivo. La proliferación de precandidatos y candidatos a distintos cargos ejecutivos planteó la necesidad de ordenar el espacio. Quién más podía hacerlo que Cristina F. de Kirchner, la Presidente pidió un baño de humildad.

A partir de ese momento el espacio parece ordenarse en una competencia por la presidencia entre Daniel Scioli y Florencio Randazzo, pero el problema de la temporalidad no está resuelto aun. Scioli mantiene una “oposición leal” al kirchnerismo y marca el límite en el desenvolvimiento del Frente para la Victoria. La “oposición leal” significa una contradicción más allá de los términos que la componen, expresa un desgaste de su “posición” ya que no puede llevar adelante su cuestionamiento por estar atrapado en la tela de la lealtad. Pero esa lealtad se sustenta en un dato duro: un 35% de los votos a nivel nacional con una proyección por arriba del 40%.

Scioli es el opositor que convive con la imposibilidad de romper, una angustia desgastante. La angustia desgastante del Gobernador bonaerense es contenida por la fantasía de romper cuando sea electo y para ello cuenta con el apoyo del un sector del PJ “duro”. Sobre esta tensión crece Randazzo, machacando sobre esta “oposición leal” y presentándose como “garante” de la continuidad del Modelo.

Si bien todavía resta la etapa más importante de la campaña electoral, lo que queda planteado en el escenario político actual, es saber cuál es la expresión concreta de esas fuerzas políticas que luchan día a día por constituirse en una dimensión nacional. Cada fuerza política tiene su propia temporalidad, el desenvolvimiento de una estructura que se debe ir adoptando un contenido que le permita desarrollarse en un tiempo complejo y contradictorio.

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